Empiezas el año en la costa mediterránea, donde el invierno es templado y el paseo matutino lo puedes hacer sin abrigo. En Valencia, Almería o Menorca, desayunas con luz natural, caminas junto al mar y descubres nuevos rincones como cuevas, parques naturales o playas desiertas, que se acabarán convirtiendo en tu propia casa.
Después, te trasladas al Atlántico, donde el paisaje cambia, el aire se vuelve más fresco y el mar tiene un rumor más oceánico. Aquí cada playa se mezcla con la gastronomía, con la cultura local y con esa forma de vivir que no necesita reloj: albariño al sol, flamenco en la Caleta, paseos entre acantilados y pescado que llega a tu mesa desde el puerto de al lado. Tú decides el ritmo, el plan y el paisaje de cada día.
Y terminas el año en las Islas Canarias, donde el sol no se toma vacaciones y te sientes en primavera todo el año. Aquí el agua del mar es transparente y en cada cala escondida hay tantos peces de colores que parece que estás dentro de un documental. Entre volcanes, pinares y playas de arena negra, siempre hay tiempo para un buen sancocho con mojo al lado del mar. Dicen que en Canarias es una hora menos. Será porque allí el tiempo se saborea distinto.